viernes, 28 de abril de 2017

En brazos de la mujer y el hombre maduros

En un manifiesto a contracorriente algunos filósofos y pensadores de Canadá, Estados Unidos y China proponen rehabilitar el valor de la jerarquía. Casi nada.

Aquí en VO.

Y aquí en tradu exprés e interrumpida tres veces por la locura española de las seis de la tarde del viernes.


Stephen C. Angle (profesor de filosofía de la  Weyslan University) y otros firmantes por alfabético orden.


En defensa de la jerarquía

Como sociedad, hemos perdido el saber hablar de los beneficios de la jerarquía, el conocimiento y la excelencia. Es hora de recordarlos.

En el Occidente moderno se ha hecho especial hincapié en el valor de la igualdad. La igualdad de derechos está consagrada en la ley, al tiempo que  se cuestionan las viejas jerarquías de nobleza y de clase social, si bien no han quedado éstas completamente arrumbadas. Pocos dudan hoy de que la sociedad global ha mejorado con estos cambios. Pero las jerarquías no han desaparecido. La sociedad sigue estando estratificada según el nivel de riqueza y el estatus, y ello se declina de innumerables maneras.
Por otro lado, la idea de un mundo puramente igualitario en el que no hubiera jerarquías parecería irrealista a la par que bastante poco atractiva. Nadie, tras reflexionarlo, querría eliminar todas las jerarquías, porque todos nos beneficiamos del reconocimiento consistente en que algunas personas están más cualificadas que otras para desempeñar ciertas funciones en la sociedad. Preferimos que nos opere un cirujano experimentado que un estudiante de galeno, y recabamos asesoramiento financiero de un buen profesional y no de un cursillista. Las jerarquías deseables y permisibles nos rodean pues por doquier.
Sin embargo, la jerarquía se ha convertido en algo pasado de moda y que nadie se atreve a defender o a elogiar. Los ministros del gobierno británico denuncian a los expertos por no estar en sintonía con el sentimiento popular; tanto Donald Trump como Bernie Sanders propiciaron plataformas para atacar a las élites de Washington; se culpa a los economistas de no predecir la crisis de 2008; e incluso las mejores prácticas asentadas entre los profesionales de la medicina, como las vacunas infantiles, son vistas con reticencia e incredulidad. Vivimos una época en que no se hacen distinciones entre las jerarquías justificadas y útiles y las élites egoístas y explotadoras.
Nuestro grupo cree que un pensamiento más lúcido sobre la jerarquía y la igualdad es importante en el ámbito de los negocios, la política y la vida pública. Debemos vencer el tabú y debatir qué cosa pueda ser una buena jerarquía. En la medida en que las jerarquías son inevitables, es importante que éstas sean beneficiosas, y evitar aquellas que sean perjudiciales. También es importante identificar las maneras en que las jerarquías útiles y beneficiosas refuerzan y fomentan buenas formas de igualdad. Cuando hablamos de jerarquía, nos referimos aquí a esas distinciones y clasificaciones que llevan aparejados unos claros diferenciales de poder.
Somos un grupo de diversos estudiosos y pensadores que tenemos opiniones sumamente diferentes sobre muchos asuntos políticos y éticos. Recientemente hemos propiciado un intenso debate acerca de estos temas en el Centro de Filosofía y Cultura Berggruen, en Los Ángeles, y nos hemos puesto de acuerdo en esto: hay mucho que decir en defensa de algunos tipos de jerarquía. Las ideas que aquí presentamos son al menos merecedoras de una atención más amplia y seria. Todo esto adquiere una nueva urgencia dado el giro que ha dado la política mundial hacia un populismo que, a menudo, ataca las jerarquías del  establishment mientras, paradójicamente, concede un poder autoritario a unos individuos que pretenden hablar en nombre "del pueblo".
¿Qué debe decirse pues en favor de la jerarquía?
En primer lugar, que las jerarquías burocráticas pueden servir a la democracia. Hoy, la burocracia es menos popular que la jerarquía. Sin embargo, las jerarquías burocráticas pueden instaurar valores democráticos fundamentales, como son el imperio de la ley y la igualdad de trato.
Existen por lo menos tres maneras en que las instituciones constitucionales jerárquicas pueden mejorar la democracia: protegiendo los derechos de las minorías y, por tanto, asegurando que los intereses básicos de las minorías no se vean orillados alegremente por los prejuicios o los intereses egoístas de las mayorías; frenando el poder de las mayorías o de las minorías a la hora de aprobar leyes que las favorezcan, en detrimento del interés general; y aumentando los recursos epistémicos que intervienen en la toma de decisiones, haciendo que la ley y la política reflejen mejor un debate plural de calidad. De ahí que las democracias puedan ver con buenos ojos la jerarquía porque ésta puede reforzar la propia democracia.
Sin embargo, en las últimas décadas, estas jerarquías cívicas han sido desmanteladas y, a menudo, reemplazadas por mercados descentralizados y competitivos, todo ello en nombre de la eficiencia. Esto tiene sentido únicamente si la eficiencia y la eficacia (por lo general, se entiende que son medibles en términos económicos) se consideran prioritarias. Pero si damos por buena tal cosa, acabaremos otorgando menos valor a conceptos como el estado de derecho, la legitimidad democrática o la igualdad social. Así que a veces podríamos preferir las jerarquías democráticamente controlables que preservan dichos valores, incluso por encima de una mayor eficiencia.
A menudo se critican las instituciones constitucionales jerárquicas porque escapan al escrutinio directo del electorado, pero resultaría demasiado zafio pensar que el control democrático exige tal vínculo inmediato. La máxima rendición de cuentas es compatible con un amplio grado de probable aislamiento respecto del control electoral directo.
Aparte de su importancia cívica, la existencia de jerarquías en la vida puede ser sorprendentemente beneficiosa de una manera más genérica. La jerarquía se hace opresiva cuando se reduce a un simple poder sobre los demás. Pero también hay formas de jerarquía que entrañan compartir el poder con los demás. El taoísmo se caracteriza por este tipo de poder, en efecto, y lo vemos  a través de la imagen del que monta un caballo y a veces tiene que tirar de la brida y a veces soltarla. Esto no es dominar, sino negociar. En el taoísmo, el poder es cuestión de energía y de competencia más que de dominio y de autoridad. En este sentido, una jerarquía puede empoderar y no tiene por qué incapacitar.
Tomemos los ejemplos de las buenas relaciones entre padres e hijos, maestros y pupilos, o jefes y empleados. Éstas funcionan mejor cuando la persona que está más arriba en el escalafón no utiliza su posición para dominar al que está por debajo, sino para permitirle que crezca en sus propias capacidades.
Un conocido ideal confuciano preconiza que el maestro debe procurar que el discípulo lo supere. Las jerarquías confucianas están marcadas por la reciprocidad y la atención mutua. La respuesta correcta al hecho de una capacidad diferencial no consiste ni en celebrarla ni en condenarla, sino en aprovecharla en la búsqueda común de la buena vida.
Por ello, las desigualdades de estatus y de poder pueden resultar aceptables en la medida en que estén insertas en relaciones de reciprocidad y de atención mutua y si propician el progreso de aquel que está por debajo en la jerarquía. Esto encajaría con la concepción taoísta de un poder que no es una forma de dominio sino que busca potenciar a aquellos sobre los que éste se ejerce.
Además de empoderar, las jerarquías deben ser dinámicas en el transcurso del tiempo. Las jerarquías son a menudo perniciosas, pero no porque distingan entre las personas, sino porque perpetúan estas distinciones incluso cuando éstas ya no son pertinentes ni sirven un buen propósito. En definitiva, las jerarquías se anquilosan. Pudo haber en su día buenos motivos, por ejemplo, para nombrar a personas en cargos de poder sobre la base del mérito, como en la Cámara de los Lores. Históricamente, sin embargo, esto a menudo llevó a que las personas no sólo retuvieran ese poder cuando ya dejaron de merecerlo personalmente, sino que también lo transmitieron a sus hijos. Todas las jerarquías legítimas deben permitir cambios en el tiempo para que no conduzcan a una injusta acumulación de poder. Esto es algo que se da en las jerarquías basadas en la edad que propugnan los confucianos, puesto que los jóvenes acabarán ascendiendo hasta alcanzar un estatus elevado y la autoridad de los ancianos.
Para protegerse contra el abuso de los que ostentan un estatus más elevado, las jerarquías también deben circunscribirse a ciertos ámbitos: las jerarquías se vuelven problemáticas cuando se generalizan, de tal modo que las personas que tienen poder, autoridad o gozan de respeto en un sector, dominan también en otros sectores. Es más que evidente que esto se da cuando los que ejercen el poder político disfrutan de un poder jurídico desproporcionado, pues si bien no están completamente por encima de la ley, al menos están sujetos a una responsabilidad jurídica menor que los ciudadanos de a pie. Por lo tanto, debemos protegernos de lo que podríamos llamar la deriva jerarquizante: la extensión del poder de un ámbito específico y legítimo a otros ámbitos, esta vez ilegítimos.
Esta deriva jerarquizante ocurre no sólo en la política sino en otros ámbitos humanos complejos. Es tentador pensar que las mejores personas para tomar decisiones son los expertos. Pero la complejidad de la mayoría de los problemas del mundo real hace que esto, a menudo, sea un error. Frente a problemas complicados, las competencias generales, como la apertura mental y, sobre todo, el raciocinio, resultan esenciales para una deliberación exitosa.
La especialización puede llegar realmente a interponerse frente a estas competencias. Dado que produce un compromiso entre la amplitud y la profundidad de un experto, cuanto mejor sea el experto, más exigua será su área de competencia. Por lo tanto, el mejor papel para los expertos no es muchas veces el de tomar las decisiones sino el de ofrecerse como recursos externos para ser consultados por un panel de generalistas no especializados y seleccionados por sus competencias generales. Estos generalistas deberán interrogar a los expertos e integrar esas respuestas en toda una serie de aspectos especializados para así lograr conformar una decisión coherente. Así, por ejemplo, los tribunales que deciden sobre la libertad condicional no deben acudir a un solo tipo de experto sino que han de basarse en la experiencia de psicólogos, trabajadores sociales, guardias de prisiones, personas que conocen la comunidad en que un prisionero específico podrá ser puesto en libertad, etc. Se trata de una toma de decisiones colectiva y democrática que se vale de las jerarquías de los conocimientos especializados sin por ello plegarse a éstos servilmente.
Pero ¿son las jerarquías compatibles con la dignidad humana? Es importante reconocer que hay diferentes formas de jerarquías, como hay diferentes formas de igualdad. La Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU estipula en su artículo 1: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos". Pero es totalmente compatible con esta dignidad igualitaria el que algunos merezcan más honores que otros. En otras palabras, podemos reconocer que los individuos difieren los unos de los otros a la hora de encarnar excelencias de diferentes clases, y estas diversas formas de excelencia humana suscitan en nosotros un tipo especial de consideración positiva, algo que los filósofos llaman  el "respeto valorativo". El respeto valorativo es una forma de estima que tenemos para con aquellos que muestran ciertas excelencias: por ejemplo, por su elevado carácter moral, o por su gran habilidad en argumentar. Dado que las excelencias son intrínsecamente comparativas, la gente inevitablemente operará clasificaciones mediante estas valoraciones, por lo que honrar a alguien es considerarlo (en algunos aspectos concretos) mejor que las personas que encarnan peor ese mismo valor o bien que lo defienden en una menor medida. La igualdad aquí parece estar conceptualmente fuera de lugar.
Una de las razones por las que la jerarquía ofende a la mente moderna e igualitaria es que presupone una deferencia respecto a aquellos que están más arriba. Ahora bien, si la idea de que la deferencia pueda ser algo bueno parece chocante, pues qué se le va a hacer. La filosofía debe perturbar y sorprender.
La jerarquía puede entenderse como indicadora de cuándo se espera que se produzca esa consideración respetuosa, esa deferencia hacia otras personas. Las buenas jerarquías indican el tipo correcto de deferencia o respeto, mientras que las jerarquías opresivas exigen las deferencias y los respetos que son erróneos.
Por supuesto, la deferencia y el respeto pueden llegar demasiado lejos, y ello trae muy malas consecuencias. El llamamiento confuciano a la "distinción" entre maridos y esposas, por ejemplo, abonó un sistema social de relaciones de género opresivo y jerárquico. Pero el hecho de que la deferencia sea mala si se da en exceso, no significa que esté equivocada si se practica en su justa medida.
Hay varias razones para pensar que la deferencia y el respeto, cuando son debidos, resultan beneficiosos. Aceptar que otros saben más o pueden hacer más que nosotros comunica y permite una apertura de aprendizaje y un crecimiento. Nos permite acceder a lo que la filósofa Li-Hsiang Lisa Rosenlee de la Universidad de Hawai llama "la compleja red de relaciones humanas,  en la que el conocimiento del pasado se transmite de los mayores a los más jóvenes". La deferencia y el respeto expresan el reconocimiento de la naturaleza finita y falible de cada uno de nosotros, y transmite  a uno mismo, como a los demás, la centralidad de la relación con la propia identidad y el bienestar de cada cual, y contribuye a un funcionamiento social fluido… e incluso tocado por la gracia o la belleza.
La deferencia y el respeto requieren reconocer que no somos todos iguales en nuestras excelencias. Pero incluso si admitimos que algunas personas encarnan la excelencia humana más que otras, o que hay algún tipo de "rango" entre los seres humanos, debemos tener cuidado  y saber lo poco que se colige de esto, especialmente en la esfera política.
Para empezar, la excelencia humana adopta múltiples formas, lo cual significa que puede haber un buen número de maneras en las que una persona puede exhibir su excelencia, incluso si es, en general, un "promedio". Simplemente no sabemos lo que la gente es capaz de aportar, por lo que debemos dar a todos el beneficio de la duda, en el sentido de que todos tienen un potencial de excelencia en alguna esfera de la vida.
En segundo lugar, a pesar de nuestras diferentes habilidades, los seres humanos son iguales en todo lo que fundamentalmente importa para atribuirle valor a la vida. Todos somos miembros de la especie humana, y nuestra común humanidad incorpora importantes rasgos merecedores de protección. Que haya algunas clasificaciones legítimas entre los seres humanos no significa que aquellos que están más cerca de la parte inferior del espectro no estén asimismo por encima de cierto umbral que los hace acreedores a un pleno respeto.
La política debería reflejar todo esto. Un sistema político como la democracia, que encarna la igualdad política, debe dar a cada persona el beneficio de la duda de que cada uno de nosotros, con las mismas probabilidades que cualquier otra persona, puede encarnar alguna forma de excelencia humana.
Las jerarquías basadas en el conocimiento especializado están siendo hoy criticadas; las jerarquías basadas en la edad están claramente pasadas de moda. Sin embargo, se han infravalorado los méritos de la gerontocracia,  que puede proporcionar una mezcla bastante sutil de beneficios igualitarios y meritocráticos. El análisis histórico de la China de la dinastía Qing, por ejemplo, sugiere que las jerarquías gerontocráticas supusieron una alta representación de los grupos de bajos ingresos entre las élites políticas. Esto se debía simplemente a que la esperanza de vida no difería mucho en función de los ingresos de cada cual, lo que significa que los ancianos de la aldea constituían un sector representativo de la sociedad. Por supuesto, lo que ha sido cierto en el pasado tal vez no lo sea en el futuro, y la estructura de la sociedad en todo el mundo ha cambiado tanto que esta correlación no se mantendría si tratásemos de reproducirla hoy. Por ejemplo, ahora que la riqueza mejora considerablemente la vida en muchos países, una verdadera gerontocracia representaría menos a los grupos con ingresos inferiores.
La gerontocracia se asocia a menudo con el paternalismo, término que se ha convertido en un insulto. El paternalismo político puede definirse como una interferencia coercitiva respecto de la autonomía. Esta forma de jerarquía es generalmente considerada con mucha suspicacia, y ello por una muy buena razón: muchos gobiernos autoritarios han despreciado los intereses del pueblo pretendiendo actuar en su nombre. Pero puede haber una justificación para, al menos, algunas formas de este fenómeno, ya que el paternalismo puede, de hecho, fomentar la autonomía.
El razonamiento a seguir sería que la autonomía requiere de dos cosas: primero, saber lo que es mejor y, segundo, la capacidad de vivir de acuerdo con este conocimiento sin verse uno alejado o incapacitado para tal tarea por la propia irracionalidad. Ambas condiciones son difíciles de cumplir. Hasta el inicio de los tiempos modernos, muchos filósofos creían que los seres humanos eran, en su mayoría, seres imperfectamente racionales y, por lo tanto, no podían comprender plenamente que era lo mejor; y todos los psicólogos aceptan que tenemos un control muy limitado sobre los elementos irracionales de nuestra naturaleza.
Las buenas intervenciones paternalistas, desde esta perspectiva, adoptan dos formas: comunican el conocimiento de lo que es mejor, en formas que son accesibles a agentes imperfectamente racionales; y pueden "habituar" los impulsos irracionales de los individuos desde una edad temprana, de tal manera que más tarde esos individuos colaborarán en la aplicación de las prescripciones que procedan de la Razón. Estas intervenciones sólo se justifican en la medida en que, en última instancia, nos permitan actuar de manera más autónoma. Que esto sea así lo sugiere la teoría de la "habituación" de Aristóteles, para quien el buen vivir necesita del cultivo de los hábitos del buen vivir. Por lo tanto, al ser requerido habitualmente a actuar de cierta manera, especialmente cuando somos jóvenes, podría, paradójicamente, permitirnos pensar más racionalmente por nosotros mismos a la larga.
La psicología moderna presta cierto apoyo a esta visión de las cosas, ya que sugiere la necesidad de proporcionar entornos apropiados para fomentar una toma de decisiones buena y justa. Tanto los confucianos como los psicólogos modernos comprenden que el comportamiento humano tiene dos raíces principales: unas fuentes internas, como son los rasgos de carácter, y unas características externas propias de las situaciones particulares en las que nos encontramos.
La jerarquía paternalista podría entonces favorecer la autonomía individual. Y la jerarquía tiene un beneficio final. Aunque parezca divisiva, la jerarquía puede promover la armonía social. Muchas culturas otorgan un elevado valor a la armonía común, y con razón. Esto supone un modo de vida compartido, y también una atención empática hacia la calidad de vida de los demás. El exceso de jerarquía actuaría en contra de esto, creando divisiones dentro de las sociedades. De hecho, en cierto sentido, la jerarquía siempre trae consigo la amenaza de tensiones, ya que es una condición en la que un adulto manda, amenaza u obliga a otro a hacer algo, cuando este último es inocente de cualquier acto ilícito, y es competente para tomar decisiones, siempre que no se vea mermado en ese momento por el alcohol, una enajenación mental transitoria  o cosas similares. Pero el objetivo de preservar la vida en común significa que la jerarquía puede justificarse si (y sólo si) es el menor nivel jerárquico requerido, y si es probable que sirva para ir contra una discordia importante o para fomentar una mejor puesta en común. Ésta es una justificación minimalista que sólo justifica la menor cantidad de jerarquía que sea necesaria.
Podemos encontrar ecos de tal respaldo a las jerarquías-que-permiten-la-armonía en muchas sociedades africanas tradicionales, así como en las culturas influenciadas por Confucio en Asia. Si vamos más allá de la teoría y de la práctica, también parece evidente que alguna versión de este principio justifica, a su vez, la jerarquía en muchas culturas occidentales. Piénsese en cómo se le otorga a la Policía una autoridad sobre los demás en aras del mantenimiento del orden público. Algunas de estas ideas sobre la jerarquía serán recibidas sin duda más favorablemente que otras. También habrá desacuerdo -como existe entre nosotros- acerca de si debemos ser simplemente más claros sobre el valor de algunas jerarquías, o sobre si necesitamos más jerarquías en ciertos ámbitos. La jerarquía ha sido históricamente muy denostada y el comprensible temor a mostrarse demasiado entusiasta acerca de ella  hace que a algunos les entren los siete males al hablar de sus méritos. No obstante, consideramos importante plantear estas ideas como una invitación a iniciar una muy necesaria conversación sobre la función  de la jerarquía en un mundo que, hoy por hoy,  y en muchos sentidos, es fundamentalmente igualitario en la medida en ofrece igualdad de derechos y de dignidad a todos. Sin embargo, este mundo claramente no puede (y no puede) dar un igual poder y una misma autoridad a todos. Si queremos que coexista la necesaria desigualdad que entraña la desigual distribución del poder con la igualmente necesaria igualdad de valor que le ponemos a la vida humana, ya va siendo hora de tomarse en serio los méritos de la jerarquía.

...