domingo, 21 de enero de 2018

Dando Cobos

Hablar idiomas, contrariamente a lo que pretende la leyenda urbana, no hace a nadie más inteligente.
No hablarlos, tampoco.
Aquí.

lunes, 15 de enero de 2018

De nuevo Deneuve

Catherine Deneue puntualiza.

Aquí.


Y aquí en tradu exprés de lo publicado en Libération:


Catherine Deneuve:"Nada en el texto pretende que el acoso tenga nada bueno; de lo contrario yo no lo habría firmado".

Una semana después de firmar la tribuna que aboga por "la libertad de importunar" para preservar la "libertad sexual", la actriz asume el texto, al tiempo que se distancia de algunas de las firmantes. Y pide disculpas a las víctimas de agresiones que pudieran haberse sentido dolidas.

Catherine Deneuve nos envió este texto en forma de carta, tras una entrevista telefónica el viernes pasado. La habíamos contactado porque queríamos oír su voz, saber si estaba de acuerdo con la totalidad de la tribuna firmada, y saber cómo reaccionaba a las palabras de unas y otras; en definitiva,  para que aclarase su postura.

 LA CARTA:

"En efecto, firmé la petición titulada Le Monde, "Defendemos una libertad...", una petición que generó muchas reacciones y que requiere aclaraciones.
Sí, amo la libertad. No me gusta esta característica de nuestro tiempo en el que todo el mundo se siente autorizado para juzgar, arbitrar, condenar. Una época en la que las simples denuncias en las redes sociales conducen al castigo, a la dimisión, y a veces, y a menudo, al linchamiento mediático. Un actor puede ser borrado digitalmente de una película, el director de una importante institución neoyorquina puede verse obligado a dimitir por haber tocado un trasero hace treinta años, sin que medie ningún tipo de procedimiento judicial. No disculpo nada. No me pronuncio sobre la culpabilidad de estos hombres porque no estoy cualificada para ello. Y pocos lo están.
No, no me gustan esos efectos de jauría, demasiado comunes hoy en día. De ahí mis reservas, desde octubre, al hashtag "Balance ton porc" [Denuncia a tu cerdo].
No soy tan ingenua como para no saber que son muchos más los hombres que incurren en estos comportamientos que las mujeres. Pero ¿por qué este hashtag no puede verse como una invitación a la denuncia? ¿Quién puede asegurarme que no habrá manipulación o golpes bajos? ¿Que no habrá ningún suicidio de inocentes? Debemos vivir juntos, sin "cerdos"o "zorras", y confieso que este texto "Defendemos una libertad..." me pareció vigoroso, por mucho que no sea totalmente perfecto.
Sí, firmé la petición y, sin embargo, creo que hoy me resulta absolutamente necesario mostrar mi desacuerdo con la forma en que algunas de la firmantes se conceden individualmente el derecho a prodigarse en los medios de comunicación, lo cual distorsiona el espíritu mismo del texto. Decir en una cadena de televisión que se puede disfrutar de una violación es peor que escupir a la cara de todas las que han sufrido este crimen. Estas palabras dan a entender, a quienes están acostumbrados a usar la fuerza o a utilizar la sexualidad para destruir, que lo que hacen no es tan grave, ya que pudiera ser que la víctima gozase con ello. Cuando se firma un manifiesto que involucra a otras personas, hay que saber comportarse y evitar embarcarse en su propia incontinencia verbal. Esto es indigno. Y, evidentemente, nada en el texto pretende que el acoso tenga nada bueno; de lo contrario yo no lo habría firmado.
He sido actriz desde que tenía 17 años. Podría decir, por supuesto, que he sido testigo de situaciones más que poco delicadas, o que sé, por otras actrices, que hay cineastas que han abusado de su poder con cobardía. Pero simplemente no me corresponde a mí hablar en nombre de mis compañeras. Lo que crea situaciones traumáticas e insostenibles es siempre el poder, la posición jerárquica o una forma de control. La trampa actúa  cuando se hace imposible decir NO sin poner en riesgo el trabajo, o supone sufrir humillaciones o sarcasmos degradantes. Así que creo que la solución vendrá de la educación a nuestros hijos e hijas. Pero también posiblemente de los protocolos en las empresas que hagan que, si hay acoso, deban ponerse en marcha inmediatamente las correspondientes denuncias. Yo creo en la justicia.
En definitiva, firmé el texto por una razón que, en mi opinión, es esencial: el peligro de la limpieza en las artes. ¿Vamos a quemar a Sade en la colección de La Pléiade? ¿Acusar a Leonardo da Vinci de artista pedófilo y borrar sus pinturas? ¿Descolgar los Gauguin de los museos? ¿Destruir los dibujos de Egon Schiele? ¿Prohibir los discos de Phil Spector? Este clima de censura me deja sin palabras y preocupada por el futuro de nuestras sociedades.
A veces me han criticado por no ser feminista. ¿Tengo que recordar que fui una de las 343 "zorras", con Marguerite Duras y Françoise Sagan, que firmaron el manifiesto "Yo tuve un aborto", escrito por Simone de Beauvoir? El aborto estaba penado con encarcelamiento en aquella época. Por eso me gustaría decirles a los conservadores, racistas y tradicionalistas de toda jaez a los que les ha parecido estratégico brindarme su apoyo que yo no me engaño. Ellos no tendrán ni mi gratitud ni mi amistad, antes al contrario. Soy una mujer libre y lo seguiré siendo. Saludo fraternalmente a todas las víctimas de actos odiosos que se puedan haber sentido agredidas por esta tribuna que apareció en Le Monde: es a ellas y sólo a ellas a quienes pido disculpas.

Atentamente,
Catherine Deneuve"


....

 Más claro, el agua.

miércoles, 10 de enero de 2018

Está bien pero

La esperada y airada reacción de las mujeres francesas a las otras mujeres francesas.

Aquí en VO.


Aquí en tradu exprés.

Los cerdos y sus aliad@s tiene razón de preocuparse.

Un texto que no cuela. El martes 9 de enero, 100 mujeres firmaron una tribuna publicada en Le Monde donde defienden la "libertad de importunar"después de lo que llaman una "campaña de delación" dirigida a hombres acusados de acoso sexual en la estela del asunto Weinstein. Un texto escrito por varias autoras de renombre, entre las que destacan Catherine Millet y Catherine Robbe-Grillet, y firmado por personalidades como la actriz Catherine Deneuve y la periodista Elisabeth Lévy, que defiende, entre otras cosas, la "libertad de importunar" de los ligones frente a las "delaciones públicas y acusaciones a individuos (...) puestos en el mismo nivel que los agresores sexuales".

Esta tribuna hizo reaccionar a la activista feminista Caroline De Haas, quien a su vez escribió una tribuna, co-firmada por unas 30 activistas feministas, para denunciar lo que ella considera "#Metoo estaba bien, pero...".

Cada vez que los derechos de las mujeres progresan y las conciencias despiertan, surge la resistencia. En general, toma la forma de un "es verdad, sí, pero...".  El 9 de enero, se nos a ofrecido un "#Metoo estaba bien, pero...". No hay nada realmente nuevo en los argumentos utilizados. Estos se encuentra en el texto publicado en Le Monde, así como en el trabajo en torno a la cafetera o en las comidas familiares. Este tribuna es un poco el colega molesto o el cuñado cansino que no entiende lo que está pasando.

"Podríamos ir demasiado lejos", dicen. Tan pronto como la igualdad avanza, incluso en medio milímetro, las bellas almas nos alertan inmediatamente de que corremos el riesgo de caer en excesos. Exceso es lo que nos rodea. Es el mundo en que vivimos. En Francia, cientos de miles de mujeres son acosadas cada día. Decenas de miles sufren agresiones sexuales. Y cientos, violaciones. Todos los días. La caricatura, está aquí.

"No podemosya  decir nada", dicen.  Como si el hecho de que nuestra sociedad tolere -un poco- menos que antes el discurso sexista, como el discurso racista u homófobo, fuera un problema. "Vaya, era mucho mejor cuando se podía llamar a las mujeres zorras tranquilitas, ¿eh?" No. Era mucho peor. El lenguaje influye en el comportamiento humano: aceptar los insultos contra las mujeres es de hecho permitir la violencia. El dominio de nuestra lengua es un signo de que nuestra sociedad progresa.

"Es puritanismo", dicen. Hacer que las feministas parezcan unas estrechas, o incluso  unas mal folladas: la originalidad de la tribuna es... desconcertante. La violencia afecta a las mujeres. A todas. Pesa en nuestras mentes, cuerpos, placeres y sexualidades. ¿Cómo imaginar ni por un momento una sociedad liberada en la que las mujeres dispongan libre y plenamente de su cuerpo y de su sexualidad cuando más de una de cada dos dice que ha sufrido violencia sexual?

"No se pueda ya coquetear", dicen. Las firmantes mezclan deliberadamente una relación seductora basada en el respeto y el placer con la violencia. Mezclarlo todo es muy práctico. Esto permite poner todo en el mismo saco. Básicamente, si el acoso o la agresión es sólo "flirteo pesado", no es tan grave. Las firmantes se equivocan. No es una diferencia de grado entre el flirteo y el acoso, sino una diferencia de naturaleza. La violencia no es "seducción aumentada". Por un lado, consideramos al otro como nuestro igual, respetando nuestros deseos, sean cuales sean. Por otra parte, como objeto a disposición, sin consideración de los propios deseos o consentimiento.

"Es responsabilidad de las mujeres", dicen. Las firmantes hablan sobre la educación a las niñas para que no se sientan intimidadas. Por lo tanto, se identifica a las mujeres como responsables de no ser agredidas. ¿Cuándo se planteará la cuestión de la responsabilidad de los hombres de no violar o agredir? ¿Y  qué pasa con la educación de los niños?

Las mujeres son seres humanos. Como los demás. Merecemos respeto. Tenemos el derecho fundamental a no ser insultadas, silbadas, agredidas, violadas. Tenemos un derecho fundamental a vivir nuestras vidas con seguridad. En Francia, Estados Unidos, Senegal, Tailandia o Brasil: no es el caso hoy en día. En ninguna parte.

Muchos de ellas se muestran prestas a denunciar el sexismo cuando procede de hombres de los barrios populares. Pero la mano en el culo, cuando es ejercida por los hombres de su propio mundillo, es, según ellas, un "derecho a importunar". Esta extraña ambivalencia permitirá apreciar su apego al feminismo del que afirman ser defensoras.


Con este texto, intentan cerrar la losa de plomo que hemos empezado a levantar. No lo van a lograr. Somos víctimas de la violencia. No estamos avergonzados. Estamos de pie. Fuerte. Entusiastas. Determinadas. Acabaremos con la violencia sexistas y de género.

¿Los cerdos y sus aliad@s se preocupan? Es normal. Su viejo mundo está desapareciendo. Muy despacio -demasiado despacio- pero inexorablemente. Algunas reminiscencias polvorientas no cambiarán nada, incluso publicadas en Le Monde.

Firman esta Tribuna: Adama Bah, activista afrofeminista y antirracista, Marie-Noëlle Bas, presidenta de las "Perras guardianas", Lauren Bastide, periodista, Fatima Benomar, portavoz de "Effronté.es", Anaïs Bourdet, fundadora de "Paye ta Shnek", activista feminista; Sophie Busson, activista feminista; Marie Cervetti, directora de la FIT y activista feminista; Pauline Chabbert, activista feminista; Madeline Da Silva, activista feminista; Caroline De Haas, activista feminista.,
Basma Fadhloun, militante féminista, Giulia Foïs, periodista, Clara Gonzales, militante feminista, Leila H. de " Check tes privilèges", Clémence Helfter, feminista y sindical, Carole Henrion, feminista activista, Anne-Charlotte Jelty, feminista activista, Andréa Lecat, feminista activista, Claire Ludwig, activista feminista y encargada de comunicaciones, Maeril, ilustradora y feminista activista.
Chloé Marty, trabajadora social y feminista, Angela Muller, activista feminista, Selma Muzet Herrström, activista feminista, Michel Easter, activista feminista, Ndella Paye, activista afrofeminista y antirracista, Chloé Ponce-Voiron, activista feminista, directora teatral, actriz y directora de cine, Claire Poursin, Copresidenta de Effronté.es,

 Sophie Rambert, activista feminista, Noémie Renard, animadora del sitio web Antisexisme.net y activista feminista, Rose de Saint-Jean, activista feminista, Laure Salmona, cofundadora de "Feministas contra el acoso cibernético" y activista feminista, Muriel Salmona, psiquiatra, presidenta de la asociación "Mémoire traumatique et victimologie" y activista feminista, Nicole Stefan, activista feminista, Mélanie Suhas, activista feminista, Monique Taureau, activista feminista, Clémentine Vagne, activista feminista, En Avant Tout (s), Stop harcèlement de rue.

...

¿Quién confunde qué con qué?

martes, 9 de enero de 2018

Cien valientas

Se ha publicado en Francia una tribuna-manifiesto escrita por mujeres relevantes que se oponen a la ola de puritanismo reaccionario surgido a raíz del asunto Weinsten & sus nauseabundos acólitos abusadores.


Aquí en VO con contexto.


Aquí la tradu exprés de la tribuna de las valientes, a las que ya les llueven palos supuestamente "feministas".


Tribuna 

"Defendemos la libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual"

La violación es un crimen. Pero el coqueteo insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista.
Como resultado del caso Weinstein, se ha producido una toma de conciencia legítima de la violencia sexual contra las mujeres, particularmente en el lugar de trabajo, donde algunos hombres abusan de su poder. Era algo necesario. Pero esta liberación de la palabra está ahora volviéndose en su contrario: se nos insta a hablar correctamente, a callar lo que enoja, ¡y aquellas que se niegan a obedecer tales mandamientos son vistas como cómplices traidoras!
Es típico del puritanismo el tomar prestado, en nombre de un bien supuestamente general, argumentos en pro de la protección de las mujeres y su emancipación para encadenarlas  mejor a la condición de víctimas eternas, de pobrecitas bajo la influencia de los demoníacos falócratas, como en los buenos viejos tiempos de la brujería.
Delaciones y acusaciones
De hecho, #metoo ha provocado en la prensa y en las redes sociales una campaña de denuncias públicas y acusaciones de personas que, sin tener la oportunidad de responder o defenderse, han sido puestas al mismo nivel que los abusadores sexuales. Esta justicia expeditiva ya ha  provocado sus víctimas, hombres castigados en el ejercicio de su profesión, obligados a dimitir, etc., mientras que su culpa se reduce a haber tocado una rodilla, tratado de robar un beso, hablado de cosas "íntimas" en una cena profesional o haber enviado mensajes con connotaciones sexuales a una mujer cuya atracción no era recíproca.
Esta fiebre por enviar a los "cerdos" al matadero, lejos de ayudar a las mujeres a empoderarse, sirve en realidad los intereses de los enemigos de la libertad sexual, de los extremistas religiosos, de los peores reaccionarios y de aquellos que creen, en nombre de una concepción sustancial del bien y de la moralidad victoriana que la acompaña, que las mujeres son seres "aparte", menores con rostros de adulto que requieren ser protegidas.
 Se pide a los hombres que se autoflagelen o que encuentren, en las profundidades de su conciencia retrospectiva, un "mal comportamiento" que podrían haber tenido hace diez, veinte o treinta años y del cual deberían arrepentirse. La confesión pública, la incursión de los autoproclamados fiscales en la esfera privada es lo que crea un clima de sociedad totalitaria.
La ola purificadora parece no conocer límites. Aquí, un desnudo de Egon Schiele es censurado en un póster; allí, se pide retirar una pintura de Balthus de un museo porque sería una apología de la pedofilia; en la confusión del hombre con su obra, se pide la prohibición de la retrospectiva de Roman Polanski en la Filmoteca y se consigue un aplazamiento de la dedicada a Jean-Claude Brisseau. Un académico juzga la película Blow-Up de Michelangelo Antonioni como "misógina" e "inaceptable". A la luz de este revisionismo, John Ford (Centauros del desierto) e incluso Nicolas Poussin (El rapto de las sabinas) peligran.
Algunos editores ya nos piden a algunas de nosotras que hagamos que nuestros personajes masculinos sean menos "sexistas", que hablemos de sexualidad y amor con menos exceso, o que hagamos más evidentes los "traumas sufridos por los personajes femeninos". Al borde de lo ridículo, un proyecto de ley en Suecia quiere imponer a cualquier candidato a mantener relaciones sexuales un consentimiento explícitamente notificado. Un poco más y dos adultos que quieran tener relaciones sexuales tendrán que cumplimentar un documento de antemano, usando una "app" en su teléfono, en el que se enumerarán debidamente las prácticas que aceptan y las que rechazan.
Libertad indispensable de poder ofender
El filósofo Ruwen Ogien defendía una libertad de ofender indispensable para la creación artística. Del mismo modo, nosotras defendemos una libertad para importunar, algo esencial para la libertad sexual. Hoy estamos lo suficientemente informadas como para admitir que el impulso sexual es por naturaleza ofensivo y salvaje, pero también somos lo suficientemente lúcidas como para no confundir coqueteo torpe con agresión sexual.
Ante todo, somos conscientes de que la persona humana no es un monolito: una mujer puede, el mismo día, dirigir un equipo profesional y disfrutar por ser objeto sexual de un hombre, sin ser una "zorra" o una vil cómplice del patriarcado; puede velar por que su sueldo sea igual al de un hombre, pero puede no quedar traumatizada para siempre por un “rozador” en el metro, incluso si esto se considera delito. Puede considerarlo como la expresión de una extrema miseria sexual, o incluso como un no-acontecimiento.
Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, adopta el rostro del odio al hombre y a la sexualidad. Creemos que la libertad de decir no a una proposición sexual no debe ir desligada de la libertad de importunar. Y consideramos que debemos ser capaces de responder a esta libertad de importunar de otro modo que no sea encerrándonos en el papel de presa.
Para aquellas de nosotras que hemos elegido tener descendencia, creemos que tiene más sentido criar a nuestras hijas para que estén lo suficientemente informadas y conscientes para poder vivir la vida plenamente sin dejarse intimidar y sin sentirse culpables.
Los accidentes que pueden afectar al cuerpo de una mujer no necesariamente han de afectar su dignidad, y no deberían, por muy duros que sean, convertirla en víctima perpetua. Porque no se nos puede reducir a nuestro cuerpo. Nuestra libertad interior es inviolable. Y esta libertad, que tanto valoramos, no está exenta de riesgos y responsabilidades.

Las autoras de este texto son Sarah Chiche (escritora, psicóloga clínica y psicoanalista), Catherine Millet (crítica de arte, escritora), Catherine Robbe-Grillet (actriz y escritora), Peggy Sastre (autora, periodista y traductora) y Abnousse Shalmani (escritora y periodista).
Se suman también a este tribuna: Kathy Alliou (comisaria museística), Marie-Laure Bernadac (comisaria general honoraria de museos), Stéphanie Blake (autora infantil), Ingrid Caven (actriz y cantante), Catherine Deneuve (actriz), Gloria Friedmann (artista), Cécile Guilbert (escritora), Brigitte Jaques-Wajeman (directora teatral), Claudine Junien (genetista), Brigitte Lahaie (actriz y presentadora de radio), Elisabeth Lévy (editora de la revista Causeur), Joëlle Losfeld (editora), Sophie de Menthon (presidenta del movimiento ETHIC), Marie Sellier (autora, Presidenta de la Société des gens de lettres).

...

Y cien "valientas" mujeres relevantes más.



NATO rules the waves

Por fin se oficializa el himno de la OTAN.

Aquí.


Tiene su ironía que el compositor sea del país con el ejército más simbólico.


Aquí para escucharlo.

Es un bello mix de himnos anglicanos con una leve disonancia posmoderna en torno a los segundos 45 a 50 que exuda espiritualidad, pompa y circunstancia.


El que no tenga letra lo hace más abstracto, y evitará que se satirice.



miércoles, 3 de enero de 2018

¿Ir a mejor?

Un chute de pesimismo constuctivo de Bryan Appleyard para empezar el año.

Aquí en VO.


Aquí en tradu exprés.



La conspiración de la felicidad: contra el optimismo y el culto del pensamiento positivo


La canción de los Beatles "Getting Better" [Mejorando] es una pequeña obra maestra de ambigüedad. Se mueve entre el temperamento de Paul McCartney -solar, positivo - y el de John Lennon -escéptico, negativo-. Aquí va el estribillo: 

"Tengo que admitir que las cosas están mejorando (mejorando)
Cada vez van un poco mejor  (no podrían ir peor)"

Este último apunte lennoniano socava el optimismo de la canción e, implícitamente, plantea la pregunta asesina: ¿mejorando… respecto  qué? Al final del tema, los “mejoradores” McCartneyistas acaban incurriendo en letanías desesperadas: [mejor, mejor, mejor...] Ahora pregúntate a ti mismo: ¿con quién preferirías cenar, con el ufano Paul o con el John  más sardónico? Si contestas que con Paul, no va a estar de acuerdo con lo que sigue.
Aquí van otro par de canciones, ambas de Noël Coward. "There Are Bad Times Just Around the Corner” (Malos tiempos a la vuelta de la esquina) fue escrita en 1952 (Robbie Williams la versionó en 1999).En ella se pasea alegremente por el globo terráqueo, encontrando malas noticias por todas partes y satirizando las invocaciones optimistas de los años de guerra. Concluye la letra con un:"Vamos a desempacar todos nuestros problemas del viejo maletín/ y esperar hasta caer muertos". Luego está la canción "Why Must the Show Go On?" (¿Por qué debe continuar el espectáculo?), que data de 1956. El título hace otra pregunta asesina y toda la canción subvierte brutalmente los sentimentalismos más tontos del mundo del espectáculo: "Y si pierdes la esperanza, /coge la droga, /y enciérrate en el baño, /¿Por qué tiene que continuar el espectáculo?".
Estos tres casos coinciden en una cosa: el pesimismo es agobiante pero, a menudo, muy divertido. También consuela, ya que nos libera de las cargas que ha de soportar el optimista: la necesidad de insistir en que se está mejorando, la búsqueda de buenas noticias, la necesidad de hacer tareas inútiles (y, a la larga, toda tarea lo es).
Por desgracia -pero para los pesimistas: "como era de esperar"-, el pesimismo tiene mala prensa. Esto se debe a que se asume rutinariamente que es lo mismo que la depresión o un aspecto inevitable de ésta. Dado que la persona más feliz y mejor adaptada que yo conozco es un pesimista empedernido, encuentro esta idea ridícula. Mi amigo disfruta de la vida precisamente porque no espera nada de ella. Si le sucede algo bueno o hermoso, entonces es una gratificación, un milagro. Sus días están llenos de descubrimientos y consolaciones. Su sentido del humor es parecido al de Coward y Lennon, una respuesta personal a las malas noticias y a las falsas esperanzas. Una de sus frases favoritas es la típica expresión carrozona: "Y nada de quejas". Huelga decir que es una alegría estar con él.
Este "Y nada de quejas", que es un frase de las de toda la vida, es una máxima importante, al igual que el hecho de que las dos canciones de Coward procedan de los años cincuenta. En los primeros años de la posguerra, el estado de ánimo británico imperante parecía ser un pesimismo resistente y teñido de humor, si bien atravesado por algo más sombrío.
"Creo -dijo Kingsley Amis, figura señera de la posguerra-, que prefiero el pesimismo instintivo que lo contrario".
Películas como Night and the City (Noche en la ciudad)  (1950), The Third Man  (El tercer hombre) (1949), Black Narcissus (Narciso Negro) (1947), las dos primeras películas de Quatermass (1955 y 1957), los horrores de Hammer y el verdaderamente chocante film Peeping Tom (El fotógrafo del pánico) (1960) parecían responder a cierto apetito por las fuerzas de destrucción y la irracionalidad, que fluyen como un río subterráneo bajo lo cotidiano. La guerra quizás había proporcionado más justificaciones para nuestra sombría e irónica sensibilidad.
Todo eso ha desaparecido, porque ya no se nos permite ser sombríos, irónicos y no digamos pesimistas. El neo optimismo se aplica ahora con tanta brutalidad en Gran Bretaña como en Estados Unidos. “En Estados Unidos, el optimismo se ha convertido casi en un culto", declaró el psicólogo social Aaron Sackett a Psychology Today. "En este país", dice otro psicólogo estadounidense,"el pesimismo lleva aparejado un profundo estigma".
Como en cualquier culto, incluso los individuos más renuentes se ven forzados a adaptarse a la norma. En el mismo artículo de Psychology Today, B. Cade Massey, profesor de comportamiento organizacional en Yale, dice:"Ha llegado hasta el extremo de que la gente se siente presionada para pensar y hablar de una manera optimista". La investigación de Massey muestra que, a la hora de evaluar riesgos en inversiones u operaciones quirúrgicas, la gente hace predicciones que sabe que son demasiado optimistas, sólo porque quieren pertenecer, incluso en estas crisis que amenazan su vida o su riqueza, al clan de optimistas sonrientes e idiotas que parecen  siempre llevar bien sujetas las riendas de su existencia.
Puedes sentir esta presión allá donde te encuentres, sobre todo en Internet, cuya multiplicidad está sujeta a una única ortodoxia neo optimista y ferozmente impuesta. El botón de "Me gusta" en Facebook es un arma de los neos. Como determinó un estudio de la Universidad de Leicester, este botón "dirige el debate en la plataforma de los medios sociales en dirección a lo blandamente positivo". Los medios de comunicación social, con su cacareante retahíla de “me gusta", seguidores, comentarios y “compartir”, están abrumadoramente sesgados  hacia una insistente positividad, que provoca vergüenza ajena. Fíjate en los tuits extasiados que parlotean sobre la gran maravilla que es todo, o en los grupos de Facebook u otros lugares de personas que se reúnen para salvar el mundo y difundir la amabilidad; y ello simplemente, eh… ¡reuniéndose! Diariamente recibo solicitudes por correo electrónico para "ayudar a X  a celebrar" su cumpleaños/promoción/ lo que sea. "Ayudar a celebrar". ¡No me fastidies!
Esto no es sólo irritante: es siniestro. Los sitios web “ciberanzuelo” están infectando los antiguos medios de comunicación serios simplemente porque tienen la capacidad de acumular millones de clics haciendo que la gente se sienta optimista o se divierta con fotos de gatitos. El nuevo editor de libros de BuzzFeed.com, por su parte, dijo en una ocasión que sólo publicaría reseñas positivas, rechazando el "mordaz destripaje” que veía en los" viejos media". Demos a este enfoque su auténtico nombre: esto es censura ideológica.
Lo verdaderamente siniestro de todo ello es que Internet, gracias a sus tontos útiles de usuarios, se está convirtiendo en un gigantesco atrapabobos para las corporaciones. Sé optimista y luego compra cosas y mira nuestros anuncios. O, para decirlo de otro modo, pierde toda tu energía siendo cada vez más ignorante, pobre y depresivo.
Los medios tradicionales son igual de nefastos, aunque algo menos ladinos. Hay espectáculos de talento y "realitys" en los que hay que dejarse abrumar por la alegría,  por la gloria de poder participar, incluso en la derrota; es un elemento televisivo importado de Estados Unidos: si uno no se muestra exasperantemente optimista, se convierte en profundamente sospechoso.
John Updike describió Estados Unidos como "una gran conspiración para hacerte feliz". Lo que no añadió es que esa conspiración entrañaba feroces prejuicios combinados con una necesidad puritana de evitar a toda costa al pesimista y al gruñón. (Una vez, un católico me dijo que, según él, la fiebre histérica por la felicidad que se exhibe en la televisión estadounidense era un legado del calvinismo en el que los excesivamente felices anunciaban su pertenencia a las filas de los salvados por predestinación. Pudiera ser).
En el Reino Unido, nuestra industria publicitaria fabulosamente amoral, inteligente y que sabe muy bien lo que se pesca, ahora evita cualesquiera honestas sugerencias en el sentido de que deberías comprar un producto por sus cualidades, prefiriendo en su lugar una sucesión de cómodos chistes, de pequeños cielos domésticos o bien seguir la pauta de esos anuncios navideños de John Lewis, esas historias de toda la vida que evocan un futuro optimista en el que los productos juegan papeles esenciales.
Pero la importación más insidiosa y eficaz del neo optimismo llegó bajo la forma de "la teoría de la gestión”. El texto básico sobre el tema es la obra cáustica, divertida, amena, despiadada y muy legible de Barbara Ehrenreich  titulada Smile or Die: How Positive Thinking Fooled America and the World. (Sonríe o revienta: cómo el pensamiento positivo engañó a América y al mundo).  La autora nos dice que el neo optimismo al que ahora estamos sometidos no es, como muchos afirman, un valor estadounidense fundacional. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos y la Constitución no son pesimistas ni optimistas: son realistas, sobre todo en lo que se refiere a la naturaleza humana. Además, tal como dejó escrito Max Weber : no hay nada intrínsecamente optimista en el capitalismo; es un trabajo arduo, cargado de riesgos, y que vale la pena porque, para el imaginario protestante, es obra de Dios.
La tendencia empezó en el siglo XIX con el surgimiento de lo que llegó a conocerse como el pensamiento positivo; un rechazo, nos dice Ehrenreich, frente a las austeridades del calvinismo. Esto tuvo orígenes distinguidos en los trabajos de Ralph Waldo Emerson y William James. En nuestro tiempo, sin embargo, ha acabado degradado en propaganda agresiva para grupos selectos.
El pensamiento positivo de hoy en día, como el pesimismo británico de "Y nada de quejarse", se hizo realidad en los años cincuenta con la publicación del libro de Norman Vincent Peale The Power of Positive Thinking (El poder del pensamiento positivo) (1952). Así pues, fue anterior, y ciertamente inspiró la ola charlatanesca de “la teoría de la gestión”, que realmente comenzó en los años sesenta. Esta visión del mundo hacía que el crecimiento económico perpetuo y el mejoramiento infinito de la existencia no sólo pareciesen posibles, sino también algo ordenado. La otra cara cruel de la moneda de esto es que el fracaso es visto como una negativa a pensar positivamente y, por lo tanto, los pobres y los excluidos no son seres desafortunados o perseguidos: son culpables.
“Si el optimismo es la clave del éxito material ", dice Ehrenreich, "y si se puedes lograr una perspectiva optimista a través de la disciplina del pensamiento positivo, entonces ya no hay excusas para el fracaso".
El resultado es el quietismo político combinado con la búsqueda vana y febril de logros materiales. Como indica la autora, esta actitud debe fundarse en última instancia en la idea absurda de que tu estado mental puede cambiar el mundo y vencer las contingencias de la vida; cuando no (aún) las de la muerte. Esto es mera superstición, al igual que toda la industria del pensamiento positivo, cuyo mercado es pasmosamente boyante. Por lo visto, los estadounidenses gastan más de 100.000 millones de dólares al año en motivar a sus empleados utilizando diversas técnicas de pensamiento positivo.
Esto es una locura, como puede confirmarte quienquiera que haya sido sometido a una formación de espíritu de equipo o cualquiera de los otros dispositivos del ramplón prontuario de ensalmos que es “la teoría de la gestión”. Y que produce declaraciones claramente falsas como ésta de Marc Andreessen, empresario e inversor de Silicon Valley: "Y puedo decirte, al menos desde hace 20 años, que si apuestas por los optimistas, generalmente tendrás razón". De hecho, teniendo en cuenta el número de fracasos debidos a los optimistas, la vedad es que perderías hasta tu último chavo.
Más absurdamente si cabe, tuvimos la expresión suprema del pensamiento positivo con El Secreto (2006), un libro de Rhonda Byrne. Exponía las raíces supersticiosas del pensamiento positivo al decir abiertamente que había una "ley de la atracción" mediante la cual el universo recompensaría materialmente tus pensamientos positivos. Nuestro querido Noel Edmonds es un adicto a algo similar llamado "orden cósmico", una forma de Amazonía intergaláctica.
Que esto se nos haya ido peligrosamente de las manos es obvio para los más inteligentes. El premio Nobel Daniel Kahneman (el autor del best seller Thinking, Fast and Slow)  (Pensar rápido, pensar despacio) y su colaborador Dan Lovallo, consideran que el optimismo socava las decisiones ejecutivas. Demuestran que las previsiones basadas únicamente en actitudes internas de la empresa son a menudo excesivamente optimistas, y sugieren que las empresas deberían adoptar en su lugar "previsiones de referencia de clase" en las que se tenga en cuenta el rendimiento de los competidores en situaciones similares, y en las que, al mismo tiempo, se incorpore el pesimismo. También existe la paradoja de Ícaro, identificada por el economista Danny Miller, que se refiere a la forma en que el éxito extremo en los negocios es seguido a menudo por el fracaso más estrepitoso, precisamente debido al exceso de optimismo provocado por los buenos tiempos.
En política, el neo optimismo puede ser letal. Como afirma John O' Sullivan, Blair y Brown eran optimistas empedernidos -en política exterior y finanzas- y su legado se puede ver en el caos de la guerra de Irak y sus secuelas y en la ola de crímenes que asoló  la ciudad de Londres. El monumental esquema Ponzi que fue el sistema financiero hasta 2007 (y tal vez todavía lo sea) se basaba en un optimismo cínico, en el caso de los bancos, o ingenuo, en el de sus víctimas. El optimismo de Blair se fundó en la extraña convicción neoconservadora de que nosotros, en particular, podríamos, con la fuerza de las armas, intimidar al mundo para que se convirtiera en una democracia liberal.
Sin embargo, el optimismo tonto es ahora el modo predeterminado en política. ¿Quién, ahora, podría decir como Churchill:"No tengo nada que ofrecer sino sangre, trabajo, sudor y lágrimas"? Y fíjate en la palabra "nada". No se trataba de una situación temporal: no había ni un gramo de optimismo.
Hay dos ámbitos en que el neo optimismo parece estar más firmemente arraigado: la medicina y la Historia. Ha habido muchos estudios médicos en los que la actitud del paciente parece poder afectar al curso de una enfermedad. En algunos casos esto ha generado aún más superstición; cuando se descubrió que el humor tenía un efecto marginal en el sistema inmunológico, hubo una serie de afirmaciones que decían que el optimismo podía curar el cáncer.
El jurado no estará de acuerdo con esto, pero sospecho que la parte culpable no será el pesimismo, sino la depresión. Además, los pacientes felices, tranquilos, engañados y optimistas suenan como algo sospechosamente conveniente para la profesión médica. Una vez más, se trata de grandes sumas de dinero y el escepticismo, por tanto, no está permitido.
Sin embargo, están apareciendo grietas en la fachada del optimismo médico. La gente está notando que las maneras de medir tales rasgos -pruebas de lápiz y papel- son dudosas y que la suposición de que esos rasgos innatos te siguen a lo largo de la vida puede ser errónea. Las personas pueden ser estratégicamente optimistas o pesimistas según la situación en que se encuentren. Esto implicaría que el pesimismo tiene ventajas adaptativas: una herejía primitiva, pero si reflexionamos sobre ella, es muy probable que sea así.
La Historia neo optimista, mientras tanto, es realmente un aspecto inherente al cientificismo, la creencia de que a cada pregunta coherente debe corresponderle una respuesta científica. Lo viví hace unos años en una cena de autores de la editorial Penguin a la que asistieron, entre otros, Steven Pinker, David Deutsch y Simon Baron-Cohen. El ánimo, particularmente en el caso de Pinker y Deutsch, era optimista, basado en la creencia de que, gracias a la Ilustración, se han  resuelto (por lo menos, en teoría) la mayoría de nuestros problemas pendientes. El libro Pinker estaba allí para alimentar la cosa. The Better Angels of Our Nature: a History of Violence and Humanity  (Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones) desde entonces se ha convertido en una de las dos biblias (la otra es The God Delusion  (El espejismo de Dios) de Richard Dawkins) de la fe cientificista y del neo optimismo basado en la ciencia.
La tesis de Pinker es que la violencia, según los índices de criminalidad y los datos de las muertes bélicas, está declinando cada vez más. Atribuye esto, al menos en parte, a la difusión de la racionalidad de la Ilustración. Pero técnicamente él no es optimista, porque no aspira a hacer predicciones. No hay pruebas de que esta tendencia continúe. Sin embargo, parece haber algo a lo  McCartney en su enfoque. Mi primera reacción fue que las armas nucleares ciertamente han evitado un gran número de muertes en los campos de batalla, pero eso  sólo significa que hoy hemos concentrado nuestra violencia en unas armas terribles que podrían utilizarse en cualquier momento. La violencia futura podría, en un instante, resultar ser mucho peor que cualquier otra en el pasado.
Ahora también hay muchas muertes no relacionadas con el campo de batalla -en el Congo, por ejemplo, o cada vez más bajo el Estado Islámico- pero  causadas por la guerra. Además, un reciente artículo de la politóloga Tanisha Fazal cuestiona muchas de las estadísticas de Pinker. Muchas muertes bélicas, nos dice, han sido evitadas porque hay mejores instalaciones médicas, por la evacuación más rápida de los soldados del campo de batalla y por la mejor salud de las tropas de combate. Esta evidencia no refuta a Pinker, pero hace que algunas de sus cifras parezcan menos llamativas.
El neo optimismo científico o cuasi científico es el modo predeterminado de nuestro tiempo. Las cosas mejorarán, se cree, y si miras hacia atrás, hacia la oscuridad, a los siglos anteriores a la Ilustración, Lennon tenía razón: las cosas es que no pueden empeorar. Obviamente, esto es históricamente un dislate. El siglo XX le sentó de lo más desastrosamente a Alemania, que era el país mejor educado y más ilustrado de Europa. Además, el optimismo no fue en realidad un valor de la Ilustración. Voltaire, el príncipe de la causa, despreciaba el optimismo por las brutales contingencias de su propia vida y por las aún más brutales contingencias de la naturaleza, en particular el terremoto de Lisboa de 1755 en el que murieron más de 100.000 personas. Dirigir la nueva mirada racional a las realidades del mundo debería generar un saludable pesimismo. O, como dijo Saul Bellow, refutando, como quien no quiere la cosa, el lema más conocido de Sócrates,"la vida sobreexaminada podría hacerte desear estar muerto".
Todo esto importa mucho: en primer lugar, porque el puro optimismo es peligroso, tanto en la vida personal como en la política y los negocios. El mejor consejo que se puede dar es el de ser positivo  pero esperar siempre lo peor. “Poned vuestra confianza en Dios, muchachos, pero mantened la pólvora seca", como se decía en la época de Cromwell  ( y no, como sugiere la leyenda,como decía el propio Cromwell). "Confía, pero comprueba", era la versión de Ronald Reagan; estaba citando un proverbio ruso.
En segundo lugar, es importante por todo ese optimismo idiota que se ha convertido en el modo imperante en mucha de la cultura moderna, desde la televisión del desayuno hasta las emisiones de juego,  talento y realitys. Es tan omnipresente  que ya no nos damos cuenta de lo extraño, de lo completamente demencial que es cuando los concursantes y presentadores ríen, lloran, se desmayan y en general hacen todo tipo de aspavientos para demostrar lo maravillosamente bien que se lo están pasando. Incluso los actores se han visto infectados; puede que sea cosa mía, pero muchos de ellos parecen querer ser agradables, parece que necesitan que los quieran. Peter Cook debería ser su luminosa guía: sus miserias de dandi trasnochado y sus agudas salidas de tono son el otro gran legado pesimista de la posguerra.
El optimismo es una forma de presión, provoca estrés y reduce la inteligencia. El pesimismo es una liberación: es relajante y amplía la mente. Lee el Libro de Eclesiastés ("Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo") o el Rubaiyat de Omar Khayyam ("El pájaro del tiempo tiene ahora poco espacio/para volar...") para comprobar cuán hermoso y pacífico puede ser el tener cero expectativas. Y recuerda que cuando John Lennon escribió "No podrían ir peor" estoy seguro de que estaba siendo irónico. Claro que pueden ir peor, siempre pueden ir peor...


Bryan Appleyard


Los libros recientes de Bryan Appleyard incluyen “The Brain Is Wider Than the Sky: Why Simple Solutions Don’t Work in a Complex World” (Weidenfeld & Nicolson) ("El cerebro abarca más que el cielo: por qué las soluciones simples no funcionan en un mundo complejo")